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Marzo 2017, Edición 114    28 de noviembre de 2022

Artículos

Desde que se vio por primera vez en la necesidad de utilizar dinero para los intercambios comerciales, el ser humano ha recurrido a todo tipo de objetos o materiales. Dependiendo de la época, la geografía y las circunstancias estos materiales han podido ser muy diversos, pero por lo general han cumplido unas condiciones mínimas para ser destinados a fines comerciales: ser transportables, resistentes y tener un valor socialmente reconocido y aceptado. Los metales han sido tradicionalmente los primeros candidatos a ocupar este espacio, pero en muchas ocasiones se han empleado objetos diversos como frutos, conchas de moluscos, telas, alimentos… no podía faltar en este contexto la piedra, material que durante miles de años fue esencial en la supervivencia y evolución de la especie humana.
Desde finales de la Edad Media, los europeos se habían dotado de instrumentos financieros para acceder a los mercados internacionales de capital, principalmente con el desarrollo de las letras de cambio, que permitían hacer efectivo el cobro inmediato de las ventas y a su vez retrasar su pago, evitando los perjuicios inherentes a desplazar grandes cantidades de moneda metálica. Asimismo, los mismos permitían las operaciones con distintas monedas efectivas e incluso con monedas de cuenta, para evitar las alteraciones monetarias realizadas por los distintos gobiernos.

La principal partida que componía los gastos de la Monarquía era la necesaria para mantener los ejércitos que combatían en buena parte de Europa, así como a los barcos y galeras de la Armada. Junto a ella se encontraban los gastos propios de la Corte, aquellos necesarios para el mantenimiento del aparato administrativo y las ayudas y limosnas. El incremento del gasto supuso la búsqueda de nuevas fuentes de ingreso por la vía fiscal, con el establecimiento de nuevos tributos y la solicitud de servicios a las Cortes, los conocidos como Servicios de Millones. Durante algún tiempo funcionaron simultáneamente dos Haciendas en los reinos de Castilla: la de la Corona, controlada por el rey, y la del Reino, bajo la supervisión de las Cortes.

Durante dos siglos y medio, las Flotas de la Plata transportaron desde el Nuevo Mundo, según Hamilton, prácticamente toda la plata y la mayor parte del oro que llegó de forma legal o ilegal a Europa. La documentación de la época nos muestra, en contra de la extendida visión fruto sobre todo de las producciones hollywoodienses, un ingente registro en el que se recogen multitud de ataques fallidos a las mismas por corsarios y piratas de otros países europeos. Igualmente, algunos naufragios, debidos sobre todo a los fuertes huracanes caribeños y que en ocasiones llegaron a desbaratar e incluso hundir flotas enteras, no supusieron en su conjunto un quebranto grave a la conocida como Carrera de Indias.
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