www.numismaticodigital.com

Las labores de la moneda en las cecas de los Reinos de las Indias (V). La acuñación de la moneda

Las labores de la moneda en las cecas de los Reinos de las Indias (V). La acuñación de la moneda

Por Pedro Damián Cano Borrego

miércoles 07 de diciembre de 2016, 04:39h
En la Sala del Tesoro se procedía al pesado de las tiras de plata en una balanza de cobre, a razón de 53 marcos cada vez, e igualando el peso de las cazoletas con onzas. En presencia del tesorero, el ensayador, dos guardias, el oficial contador y el escribano, se realizaba este pesado, registrándose por duplicado, por el escribano y por el tesorero, las cantidades. Cuando toda la plata había quedado pesada y registrada, se procedía a su entrega para la acuñación de moneda.

La oficina en la que se llevaba a cabo la conversión de los rieles en moneda se llamaba hornaza, y a su frente se encontraba el capataz u hornacero, empresario autónomo que corría con los gastos del necesario utillaje y personal. Las hornazas estaban divididas en cuatro salas, en las que sucesivamente se fundían y martillaban los rieles, se troquelaban, y se blanquecían mediante tratamiento químico. Un cuarto espacio, la oficina de la talla, estaba destinado a la fabricación de los cospeles y punzones.

Las barras se llevaban a un horno, donde eran cubiertas con carbón vegetal y calentadas durante cuatro o cinco horas, en una operación que se conocía como primera hornada o recocho. Una vez retiradas y enfriadas las barras, se colocaban en una mesa y se procedía a su recortado mediante grandes cizallas, llamadas tallones o tijeras tallonas, afiladas con una barra gruesa llamada cureña. Las barras se sujetaban con correas de cuero, y se cortaban piezas de módulo ocho reales, que posteriormente eran pesadas. Las que no daban el peso eran separadas para acuñar moneda de cuatro reales.

Las piezas que se consideraban aptas por su peso se entregaban a los trabajadores que fabricaban los cospeles, que mediante el procedimiento conocido como limpieza o desempane las aplanaban a golpe de martillo sobre el tas o yunque para conseguir el grosor de la futura moneda. Tras este proceso, los cospeles eran metidos otra vez en el horno en un segundo recocho, y tras retirarlos y enfriarlos se entregaban a los cortadores, que ajustaban el peso cortando cualquier exceso de metal, las demasías, conociéndose su trabajo como redondeo. Los trozos restantes se utilizaban para acuñar piezas de dos, uno y ½ real, salvo los más pequeños, que eran guardados por el ensayador.

Tras colocarse una tercera vez en el horno, para recuperar la ductilidad, cada pieza era cuidadosamente inspeccionada en bateas de cobre llamadas ralletes, y si tenían algún defecto, lo conocido como cospeles picudos, eran dejadas en la boya o sanca, un instrumento de hierro con forma de tenazas, y batidas con un pequeño martillo conocido como la muleta. Todos los fragmentos sobrantes y las limaduras, conocidas como lises, habían de ser también registrados, y podían suponer alrededor de 8 pesos por marco.

Tras volver a pesar otra vez los cospeles, se procedía al conocido como blanqueado, para lo que se usaba carbonato cálcico. Los cospeles se metían en calderas de cobre o fondos, a razón de cuatro a seis canastas, a fuego fuerte. El blanqueado duraba media hora, y se procedía al lavado de los cospeles con abundante agua y a su secado sobre bandejas calientes de cobre, guardándose posteriormente en sacos y trasladándose a la Sala del Tesoro.

Una vez en el tesoro, el tesorero registraba la cantidad de cospeles, las labores realizadas y el beneficio obtenido por cada trabajador implicado, en su Libro Registro. De este registro se remitía una nota al oficial pesador o balanzario, que los entregaba a los acuñadores, junto con las herramientas necesarias para realizar su trabajo. Para conseguir el peso legal de cada moneda, se recortaban las piezas ya acuñadas con unas grandes tijeras o cizallas, una operación realizada por capataces de esclavos negros.

La técnica de fabricación de los troqueles se hunde en la noche de los tiempos, y no varió sustancialmente hasta finales del siglo XVIII. El tallador o abridor de cuños era un oficial mayor que ingresaba mediante examen, y que tenía bajo su servicio a un oficial y a un aprendiz, y posteriormente a un número creciente de trabajadores, en la oficina de talla, adscrita a la fielatura.

Las matrices y en muchos casos los punzones se remitían en el siglo XVIII desde la Península, y los talladores de las cecas, a la vista de las muestras en cobre recibidas, hincaban los punzones en la base los cilindros o prismas que marcados en hueco se usaban para fabricar los troqueles o cuños. Los talladores indianos añadían nuevos punzones a las matrices disponibles y estaban capacitados para grabar pequeñas matrices en las que constase la marca de ensayador, la fecha y los granetes que componían la gráfila.

En 1728 se ordenó taxativamente que todas las matrices fuesen grabadas por el tallador de la Casa de Moneda de Madrid, lo que hizo que, con la progresiva mecanización de las cecas, las monedas de las Indias fuesen cada vez más uniformes, a lo que contribuyó el hecho de que los cuños se desgastasen menos y por ende durasen más.

Para la acuñación se realizaban las dos matrices en hierro o acero, con ambas caras de la moneda. Se trataba de dos tacos, conocidos como troqueles, matrices o cuños. El primero de ellos con dos superficies planas, una de ellas que se situada sobre el yunque o aparato que hiciese sus veces, y otra con los motivos de la moneda marcados en bajorrelieve y en negativo, normalmente el anverso de la moneda. El otro, de forma más alargada, tenía en su parte superior un muñón y en la inferior una superficie plana, en la que se grababa la otra cara de la moneda.

Los cospeles se calentaban al rojo vivo y se colocaban entre los troqueles, y eran acuñadas con un martillo llamado mallete, golpeando sobre el muñón del cuño movible y grabando a la vez ambas caras de la moneda. Estas matrices se debían sustituir muy a menudo, toda vez que la cantidad de metal acuñado era muy voluminosa, lo que explica que haya gran número de variantes. Normalmente, para grabar las sucesivas matrices se utilizaban como modelo las anteriores, y por ello los tipos inevitablemente iban cambiando.

Una vez terminado el trabajo, la moneda se entregaba a su dueño, deduciéndole la parte que correspondía a todos los que habían participado en su fabricación: el tesorero, el tallador, el ensayador, el escribano, el balanzario, los guardias, demás oficiales menores y los acuñadores, siendo estos últimos según Gemelli veinte en la ceca de México. Estos importes se cubrían con los dos reales por marco que se aumentaba en la plata para su acuñación, por lo que no suponía menoscabo para el propietario de la plata.

Gemelli nos informa sobre las labores del oro en la ceca mexicana, que venía normalmente unido a la plata, y tributaba el quinto real. Se separaba de la plata en un lugar conocido como el apartado, y esta labor se llevaba a cabo bajo la supervisión de un oficial conocido como apartador, que en esta época era un tal La Rea, que había pagado por este oficio la suma de setenta y cuatro mil pesos.

Para la separación del oro de la plata, se introducía la plata en bolas en vasos de agua fuerte, depositándose en su fondo el oro. El agua de la plata se echaba entonces en dos vasos de vidrio conocidos como cornamusas, cuyas bocas estaban juntas, y por calentamiento por fuego se conseguía separar la plata del agua.

El oro se preparaba en planchas redondas, y posteriormente en barras, como vimos para la plata, sellándose cuando tenía una ley de 22 quilates, y tributando por estos trabajos a seis reales el marco. Si se optaba por la acuñación del oro, se procedía con las barras de igual manera que hemos visto para la plata, con talla de seis escudos, de 440 maravedíes cada uno. Las piezas emitidas eran de 8, 4, 2 y 1 escudo de facial.

Los derechos fijados para la amonedación del oro eran de tres tomines y medio por marco, el doble de lo fijado para las cecas peninsulares. Según Elhúyar, ni en la Real Cédula ni en el mandamiento del virrey se indicó ninguna cuota por derecho de señoreaje, que hubiese sido según lo establecido para las Casas de Moneda de Castilla de un escudo por marco. Pero en lugar de los 12 reales y 32 maravedíes que valía el escudo en moneda de plata en ese momento, se cobraron por este concepto desde el principio dos pesos por marco.

Elhúyar citaba como razones para haber aplicado el coste de un escudo por marco el tratado de ensayadores de Juan Fernández del Castilo, de 1623, la obra Norte de la contratación de las Indias de José de Veitia Linage, de 1671, y el capítulo 20 del auto acordado 49 de Castilla. Que se cobraban los dos pesos lo fundamentaba en la certificación del Real Tribunal de Cuentas de 1696 del oro amonedado entre 1679 a 1695, así como en la obra Reducción de oro y rescates de plata de Francisco de Fagoaga, publicado el año 1700, pero afirmaba que no había podido descubrir el origen de esa diferencia. Con ello, los dos pesos o 6 98/100 tomines, agregados a los 3 ½ del braceaje, componían 10 48/100 tomines de descuento por marco, o un 2 73/100 %.

Tanto en el caso de las emisiones de oro como en el de la plata, en el momento de la entrega a sus dueños por el tesorero debían estar presentes el escribano y los oficiales. En el acto de la entrega de la moneda acuñada, el propietario del metal precioso podía pedir, si así lo estimase oportuno, que las mismas fuesen contadas una a una, para comprobar que realmente se correspondía a la que por marco y peso entregado le habían de satisfacer.

En las Casas de Moneda existía la llamada caja de feble, en la que se recogía el feble que procedía de las labores, sin desperdicio alguno. Los virreyes y presidentes de las Audiencias donde radicaban las cecas tenían la potestad, desde la época de Felipe IV, para emitir las órdenes necesarias para que se procediese a su implantación en las Casas de Moneda radicadas en su jurisdicción. Lo obtenido por este concepto se aplicaba a la limosna de vino y aceite.

Bibliografía

Céspedes del Castillo, Guillermo, "Las cecas indianas en 1536-1825", en Gonzalo Anes y Álvarez de Castrillón y Guillermo Céspedes del Castillo, Las Casas de Moneda en los Reinos de Indias, Vol. I., Madrid, Museo Casa de la Moneda, 1996.

La Casa de la Moneda de México a más de 450 años, México, 1989.

Elhúyar, Fausto de, Indagaciones sobre la amonedación en Nueva España, sistema observado desde su establecimiento, su actual estado y productos, y auxilios que por este ramo puede prometerse la minería para su restauración, presentadas el 10 de agosto de 1814, Madrid, s/n, 1818.

Escalona Agüero, Gaspar, Gazophilacium regium perubicum: Opus sane pulcrum, a plerisque petitum, & ab omnibus, in universum, desideratum non sine magno labore, & experientia digestum, providèque, & accuratè illustratum. In quo omnes materiæ spectantes ad administrationem, calculationem, & conversationem jurium regalium regni Peruani latissimé discutiuntur, & plena manu pertractantur, Madrid, Typpographia Blasli Roman, 1775

Recopilación de las Leyes de los Reinos de las Indias, Libro I, Título III, Ley XII.

Recopilación de las Leyes de los Reinos de las Indias, Libro IV, Título XXIII, Ley X, Que la moneda de oro, ò plata se entregue à los dueños à su satisfacion. Carlos I. Valladolid, 19 de marzo de 1550.

Recopilación de las Leyes de los Reinos de las Indias, Libro IV, Título XXIII, Ley XXIII, Que en las Casas de Moneda se ponga Caxa de feble. Felipe IV. Madrid, 20 de diciembre de 1639.

Compartir en Google Bookmarks Compartir en Meneame enviar a reddit compartir en Tuenti