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Solicitud de una moneda provincial para Filipinas

Solicitud de una moneda provincial para Filipinas

Por Pedro Damián Cano Borrego

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:47h

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Luis Prudencio Álvarez fue elegido diputado a Cortes Constituyentes por las Islas Filipinas y, no habiendo llegado a tiempo para cumplir con su mandato, presentó una Memoria en 1842 en la que se solicitaba, entre otras propuestas, el establecimiento de una moneda provincial para el archipiélago. Según afirma en el Discurso Preliminar de la misma, la Constitución vigente en ese momento, la de 1837, establecía que los establecimientos de Ultramar debían regirse por leyes especiales, y estimaba que la adopción de una moneda privativa sería de gran ayuda para el desarrollo de las islas. (Leer +)
El archipiélago de las 7.107 islas llevaba desde 1565 bajo mandato español. Junto a los prehispánicos piloncitos de oro, habían circulado en el mismo las monedas de cobre chinas, el arroz y otras monedas de la tierra, como las mantas de abacá, de seis metros de largo y 1 ½ metros de ancho y un valor de tres reales, y otros bienes, como los lampotes o ropas de algodón, las cuerdas de abacá y las mantas de algodón, todas ellas con un valor prefijado en reales a efectos tributarios a mediados del siglo XVIII.



Importante fue asimismo el uso de los cauris, conocidos en Filipinas como sigeys o sigayes, cuya recolección era la principal ocupación de la isla de Dauis hasta el siglo XIX, dado que los mismos se exportaban para su uso monetario a la India y Siam, siendo un circulante aceptado hasta hace muy pocos años en numerosos países africanos.

A todo ello se unió la plata novohispana traída en su periplo anual por la Nao de la China, la moneda macuquina, que se convirtió en la divisa de todo Oriente. En el reinado de Felipe V se comenzó a remitir a las islas en concepto de situado moneda por un valor de entre ¼ y ½ millón de pesos, lo que contribuyó al florecimiento en el archipiélago de una economía de base monetaria.

La ausencia de moneda fraccionaria hizo que se cortasen en pedazos los pesos y medios pesos recibidos, conocidos como moneda cortada entre los españoles y con los nombres tagalos de kahati los dos reales y sikapat los reales sencillos. Estas piezas eran marcadas en Manila con un sello de su valor, pero al no indicarse su peso en metal estaban muy expuestas a falsificaciones.



Junto a estos pedazos de monedas indianas, aparecieron en el siglo XVIII las barillas, barrillas o calderilla, que se citan en varias fuentes, pequeños lingotes de bronce o cobre de los que pocos ejemplares han llegado a nuestros días. Los primeros que se conservan parecen pruebas, y están fechados entre 1724 y 1728. El primero de ellos consiste en tres piezas redondas unidas, y en cada una de ellas sucesivamente la marca de Barilla, el escudo de Manila y el año 1724.



La segunda de ellas muestra en su anverso una estrella de ocho puntas, una “M” en su centro rodeada por una orla de puntos y la fecha 1727, y en el reverso un león marino. La tercera de ellas, de 26 milímetros de diámetro y 5 de espesor, lleva en el centro el escudo de Manila, y la leyenda “BARILLA Año De 1728” alrededor, y reverso sin labrar. Escasos son asimismo los ejemplares conservados dechados entre 1733 y 1743, de labra tosca.



La toma de Manila y su saqueo por los ingleses el 6 de octubre de 1762, y su posterior control de la capital insular hasta el 12 de junio de 1764, tuvieron como efecto la ruina económica del archipiélago, especialmente por la falta de las remesas remitidas por el Galeón de Manila, la savia de su comercio. En fecha 25 de abril de 1764 el gobernador La Torre publicó un Bando ordenando la circulación de la moneda cortada por el valor expresado en su sello, dado que no era aceptada por los indios, mestizos ni sangleyes –comerciantes chinos- por lo adulterada que estaba.



Simón de Anda y Salazar, el héroe de la resistencia antibritánica, estimaba que había supuesto un gran abuso contra la Hacienda Real que la producción de oro de alto contenido en fino, proveniente entre otros de los filones de Mindoro y Marmulao, no hubiera durante muchos años tributado y pagado el diezmo al monarca, circulando sin acuñar, y que no se había pensado en el establecimiento de una Casa de Moneda para el beneficio del comercio de los habitantes del archipiélago.

A su entender se debía fundir y reacuñar el circulante defectuoso, la plata cortada, dado que los chinos la cortaban y la dejaban reducida a la mitad, produciéndose numerosos fraudes, sobre todo en las compras, donde los sangleyes cobraban hasta un 40% más, y fijaba la pérdida en cualquier otra actividad por su uso en un diez o doce por ciento.



La escasez de moneda hizo que se habilitase en 1766 un taller en Cavité en el que se emitieron barrillas de calderillas, siendo las primeras de ellas rectangulares, y posteriormente, en el mismo año, ya circulares. Es una pieza de cobre de 18 mm. de diámetro, en cuyo anverso aparece un escudo coronado en orla circular, y leyenda “CIUDAD DE MAN(ila)” y fecha “1766”. En su reverso aparece un león marino portando una espada a izquierda, dentro de una orla coronada, y a ambos lados “B(arrilla)” e “I”.



Por Real Decreto de 19 de diciembre de 1769 Carlos III ordenó la sustitución de estas barillas por 6.000 pesos en cuartillas de plata batidas en México. Al continuar los problemas con la moneda fraccionaria, se autorizó a contratistas chinos la labra de ochavos y cuartos, de motivos muy toscos, que se batieron hasta el reinado de Isabel II.

Los cuartos, de entre 22 a 20,5 mm. de diámetro, se acuñaron entre 1763 y 1782, con escudo cuartelado y coronado, y leyenda “CAR III D G HISP ET IND R” en anverso, y león sobre dos mundos con corona de palma alrededor y leyenda “VTRUMQ VIRT PROTEGO”, “F” fecha “M”, en el reverso, y ochavos con los mismos motivos.



Por el Decreto de 21 de agosto de 1789 se declaró a Manila puerto franco, medida que ese año se aplicó a las naos de países asiáticos y a partir del año siguiente se amplió a las naciones europeas por un periodo de tres años, para la venta de géneros asiáticos, no europeos, y para la extracción de plata, productos de la tierra y españoles. Esto, junto con el Estanco de Tabaco de 1782, hizo que el archipiélago dejase de depender económicamente del situado, teniendo incluso un remanente en 1799 de 249.787 pesos, 3 reales y 11 maravedíes.



La independencia de México en 1821 no supuso que la moneda de esta procedencia dejase de fluir hacia Manila, lo que hizo que las autoridades filipinas, no pudiendo prohibir su circulación, optasen por su resello, que la habilitaba para su circulación, y que se simplificaron por Bando de 27 de octubre de 1832 y fueron asimismo modificados en el reinado de Isabel II. A partir de 1837, tras el reconocimiento de las nuevas Repúblicas, no se consideró necesario el mismo.



En este año se promulgó asimismo una nueva Constitución. Luis Prudencio Álvarez y Tejero, diputado electo por las Filipinas para la Asamblea que la aprobó, presentó unos años después una Memoria en la que solicitaba la emisión de una moneda provisional en las Filipinas. Afirmaba que entre todas las naciones de Asia era el peso español la moneda universal del comercio, si bien todos los gobiernos de esa parte del mundo se habían visto obligados a acuñar una moneda colonial para evitar su extracción.



Esta medida no había sido necesaria mientras había durado en comercio con Nueva España, que suponía un millón o más de pesos por el comercio y ¼ de millón más en concepto de situado. El circulante en el archipiélago era a su entender todavía suficiente para satisfacer el comercio exterior, dado que la balanza comercial con los estados europeos era positiva y compensaba las salidas de moneda en dirección a China e India. A ello se sumaba la recepción de moneda de todas las Repúblicas de América, y al hecho de que la habilitación vía resello había estacionado esta moneda en las islas.

Esta bonanza estaba amenazada a su parecer por la posibilidad de que por algún factor, que podría ser político, militar, comercial o natural, cesase la llegada de moneda, no se podría hacer frente a las frecuentes y necesarias remesas remitidas a China e India, arruinándose no solamente el comercio exterior, sino también el interior. Dentro de las provincias de las Islas circulaba poca moneda, y muchas de las relaciones comerciales se seguían haciendo con pagos en especie, especialmente entre los indios.



Con la adopción de esa moneda provisional, se compensaría la excesiva extracción que los chinos hacían de los pesos españoles por la sola ventaja de su valor extrínseco, dado que éste se aumentaría y estaría en paridad con el de las demás plazas del continente. Entendía que, en estas circunstancias, los chinos en su comercio preferirían llevarse a cambio productos de la tierra. Hace referencia en la Memoria a las medidas excesivamente restrictivas del Imperio Chino para la extracción de la moneda española de su territorio, y al continuo resello de las piezas. Nos informa también que alguno de esos pesos, llenos de resellos, solían volver, siendo nuevamente resellados, como los de las Repúblicas Americanas, para su circulación en Manila y en las provincias, y que eran admitidos en las tesorerías del Estado.

Para esta moneda provincial proponía la refundición de las monedas de ½ duro en reales y medios reales de plata fuerte, el uso de alguna plata americana introducida en barras por extranjeros y la fundición de muchos muebles que había de plata de baja ley y bajos precios trabajada en China, así como del oro de baja calidad y mezclado de plata que se encontraba en las islas. Con ello, sin necesidad de gastos ni anticipos de capital, satisfaciendo a los tenedores en la moneda nuevamente acuñada, y aceptando como pago el oro de los lavaderos al mismo precio que lo extraían los chinos, se podría conseguir su implantación.



Sería para ello necesario que su valor fuese el mismo que el de las demás colonias asiáticas europeas, y que se subdividiese cuanto antes para subvenir a la necesidad del tráfico interior. Para ello se debía establecer una Casa de Moneda, y podría a su entender ser conveniente que fuese de capital privado, por un tiempo determinado. En la misma debía admitirse todo el oro y la plata en especie presentada por particulares, a quienes se resarciría con la moneda de ley que resultase, deduciendo los gastos indispensables para su labra. Para evitar cualquier fraude, finalmente, debía formarse un reglamento para su funcionamiento por facultativos.



Durante el reinado de Isabel II se intentó la fundación de una Casa de Moneda en Manila, pero no fue sino hasta el 18 de marzo de 1861 cuando la misma empezó a operar, batiendo divisores de pesos con la plata procedente de las antiguas posesiones americanas ahora independientes, así como algunas medallas. Entre 1864 y 1868 se acuñaron piezas de 10 y 20 céntimos, y el año siguiente de 50 céntimos.

Bibliografía:
• ÁLVAREZ Y TEJERO, L.P., De las Islas Filipinas: Memoria, Valencia, 1842.
• GIL FARRÉS, O., Historia de la moneda española, Madrid, 1976.
• Manila Galleon Trade, http://manilagalleontrade.webs.com
• MUÑOZ SERRULLA, Mª. T., “Numismática en Filipinas”, en CABRERO FERNÁNDEZ, L:, LUQUE TALAVÁN, M. y PALANCO AGUADO, F. (Coords.), Directorio Histórico, geográfico y cultural de Filipinas y el Pacífico Español, Madrid, Centro de Estudios Hispánicos Iberoamericanos de la Fundación Carolina y la Agencia Española de Cooperación Internacional, 2008, Vol. II, pp. 695-698.
• PARDO DE TAVERA, T.H., Una memoria de Anda y Salazar, Manila, 1899, pp. 101 y ss.
• Resellos de Filipinas. http://www.chopmarks.com
• RUBIO SANTOS, E., “Las últimas de Filipinas”, en http://www.numisma.org

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