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Contrabando y acuñación monetaria de la ceca de Perpiñán

Contrabando y acuñación monetaria de la ceca de Perpiñán
miércoles 22 de octubre de 2014, 11:47h
En el convulso cuarto final del siglo XVIII francés destaca la figura de Jean Ribes, director de la Ceca de Perpiñán, que tejió una red de contrabando de reales de a ocho españoles a gran escala con el que surtía de monetario a toda Francia, dado que las acuñaciones de esta ceca superaban muchos años a los de la ceca capitalina. (Leer +)
La salida fraudulenta de plata española hacia Francia fue una constante durante toda esa centuria. A ello contribuyeron tanto el mayor ratio del oro frente a la plata en España, como la crónica escasez de moneda metálica en el país galo. En el último cuarto del siglo en el país vecino el excesivo gasto de la corte, la pésima administración de la Hacienda y la participación en los conflictos bélicos, como la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, unido a la práctica inexistencia de industria y a las restricciones en el comercio debidas al férreo control mercantilista, llevaron a la quiebra del Estado. A ello se unió desde 1778 la sequía, que hizo disminuir la producción cerealista y la cabaña ganadera.
La legislación española es reiterativa en sus intentos de paliar este tráfico ilegal, pero ni esta abundancia normativa ni las medidas tomadas en este sentido, como fueron la devaluación de la moneda y la reducción de su ley y el monopolio de las exportaciones otorgado al Banco Nacional de San Carlos consiguieron acabar con la saca a gran escala, si bien parece que la redujeron.


Honoré Gabriel Riquetti, conde de Mirabeu.


Este contrabando era defendido abiertamente incluso por el cónsul francés en Cádiz, Aubert, y era uno de los principales argumentos de Honoré Gabriel Riquetti, conde de Mirabeu, en sus ataques al Banco Nacional de San Carlos. Si bien el principal punto de salida de moneda de manera fraudulenta siguió siendo Cádiz, y se producía a lo largo de las fronteras con Portugal y Francia, fue posiblemente en la frontera catalana donde el tráfico ilícito estaba mejor organizado.

Las estructuras financieras de este tráfico a gran escala estaban soportadas por dos de las grandes fortunas del Rosellón. Los hermanos banqueros Raymond y Françoise Durand surtían de numerario a los contrabandistas para su avituallamiento, y la recepción y redistribución de la moneda introducida era controlada por el propio director de la Casa de Moneda de Perpiñán, Jean Ribes. Ribes, además de este cargo, ostentaba los de Receptor General de Finanzas de Tolosa, Orleans, el Rosellón y Montpellier, y trabajaba tanto como agente del gobierno para reconducir este tráfico, como en su propio beneficio desde 1775.

Este tráfico se alimentaba de la perfección alcanzada por las letras de cambio, que permitían realizar los fondos en cualquier plaza que se designase, y su negociación sin problemas en las principales plazas bursátiles francesas. En 1783 y durante un lustro el Banco de San Carlos decidió que la exportación de moneda a Francia se realizase exclusivamente desde el puerto de Bayona, y no fue hasta 1787 cuando se habilitaron otros puntos de salida, en la frontera catalana y en el puerto de La Coruña.



Asimismo, se endurecieron las penas en 1786, dado que por el Tratado firmado el 24 de septiembre todas las monedas españolas que viajasen en cualquier barco de cualquier nacionalidad debían ir acompañadas de un certificado del cónsul español del puerto de embarque en el que constase su carga. Las exportaciones legales a Francia supusieron entre 1783 y 1789 noventa y ocho millones de reales de a ocho, siendo el principal destinatario el banco parisino Lecouteulx et Cie.
Un informe de l’Epinay de 23 de junio de 1785 informa que era Barcelona el destino de las letras de cambio giradas en Cádiz, Madrid y esta misma plaza, y los contactos de Ribes se extendían a compañías radicadas en las tres ciudades. La moneda metálica se conducía por arrieros a lomo de mulas vía Riba, Puigcerdá y Veibez hacia los pueblos fronterizos de la Cerdaña. Los puntos de entrada en Francia eran le Perthus, Tolosa y el país de Foix, para centralizarse finalmente en la población de Montlouis.



Se estima que el número de contrabandistas era de unos cien mil, frente a cuarenta mil agentes de aduanas. El volumen del tráfico era tal que en Montluis se recibían semanalmente entre 50 y 60.000 reales de a ocho. Asimismo, se falseaban importaciones de carne procedente de Francia, se adelantaban fondos a los contrabandistas para ser devueltos en la Ciudad Condal, e incluso se premiaba a los pasajeros que pasasen moneda con destino a Francia. Los agentes españoles perseguían a los contrabandistas incluso en territorio galo, y los encuentros entre ambos acababan en ocasiones en enfrentamientos, e incluso en batallas campales, como pasó en abril de 1787 entre 400 guardias y 150 contrabandistas. En este comercio ilícito participaba activamente la población más humilde de la Cerdaña francesa, siendo la principal fuente de ingresos para muchos de los pueblos fronterizos.

Jean Ribes abastecía de moneda con este tráfico fraudulento a toda Francia. Una parte del producto de este comercio ilícito se quedaba en el área para el comercio regional, buena parte del mismo se reacuñaba y el resto se remitía a Tolosa, Montpellier, Limoges y a los bancos de Lyon, e incluso a la capital y a lugares mucho más alejados, como la Rochelle. Se estima que los escudos batidos en Perpiñán entraban en circulación tres días después de que los reales de a ocho de los que procedía su contenido habían llegado a Francia. Ribes se convirtió asimismo en el principal proveedor de la Caisse d’Ecompte y del gobierno galo, y trabajaba con Calonne, el Controlador General de Finanzas.


Edificio actual de la antigua Ceca de Perpiñán.


En 1786 la producción de medios escudos de plata de la ceca que dirigía es la mayor de toda Francia, y en 1789 se batieron en la misma más de novecientos mil escudos. En 1790 remitió a la Ceca de París dos millones de reales de a ocho, y en Perpiñán se acuñaron ciento once mil marcos de plata. Asimismo, compraba enormes cantidades de moneda española a comerciantes en Barcelona y en el Mediodía francés a un valor de 5 libras, 6 sueldos y 2 o 6 dineros por pieza, y la revendía, en pocos días, con un pingüe beneficio de más de 8 dineros por pieza.



Los escudos de esta ceca están batidos a nombre de Luis XVI, según el diseño del Grabador Principal Benjamin Duvivier. En su anverso llevan su busto uniformado y con coleta a izquierda y la leyenda LUD XVI D G FR ET NAV REX. En su reverso encontramos un escudo coronado de tres flores de lis dentro de un campo oval rodeado de dos ramas de olivo, la leyenda SIN NOMEN DOMINI BENEDICTUM, el año y la marca de ceca Q. Su contenido en fino es de once dineros, y están batidos en 8,3 piezas el marco. Su diámetro es de 39 milímetros, y su valor facial era de 6 libras.



En el convulso año de 1792 Jean Ribes huyó de Francia y sus bienes fueron confiscados, no volviendo a Perpiñán hasta la época del Consulado, jurando la Constitución de 28 de vendimiario del Año IX. Entre los bienes que reclamó tras su vuelta como emigrado desposeído se encontraba un molino de harina habilitado para la fundición de pasta argéntea, situado en las proximidades de Perpiñán, en un lugar conocido como Quatre Cazals, lo que prueba que Ribes afinaba la plata en el mismo, fuera de las estancias de la ceca que dirigía, en su propio beneficio.

Bibliografía
BOMBRÉ, F. “Trafic de piastres à Perpignan au XVIIIº siècle”. Bulletin de la SASL, vol. XC, 1982, pp. 53-60.
COLLIN, B., “l’atelier monétaire de Perpignan et le trafic des piastres à la fin du XVIIIº siècle”, Acta Numismàtica 17-18, 1988, pp. 263-268
Novísima Recopilación de las Leyes de España, L. XII, T. VIII, leyes XII, XIII y XIV.
PÉREZ SARRIÓN, G. “Intereses financieros y nacionalismo. La pugna entre mercaderes banqueros españoles y franceses en Madrid, 1766-1796”, Cuadernos de Historia Moderna, Anejos, 2008, VII, pp. 31-72, p. 39 y ss.
VENTURA I SUBIRATS, “La moneda a Catalunya durant el regnat de Carles III”, Revista d’historia modena, nº 8, 1 , 1988, pp. 499-510.
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