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Gibraltar y las pesetas de Cataluña

Gibraltar y las pesetas de Cataluña

Por Pedro Damián Cano Borrego

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:47h
El 4 de agosto de 1704, tras tres días de combates, se rindió la plaza de Gibraltar, defendida por cien soldados y cuatrocientos civiles contra una flota aliada de cuarenta y cinco barcos ingleses y dieciséis holandeses que habían partido de Lisboa el 9 de mayo para tomar Barcelona, y retornaba sin haber conseguido su objetivo por la resistencia de la ciudad. Desde este momento, el Peñón se convirtió en el puerto neurálgico de los ejércitos aliados en la Península, y el lugar desde donde se introdujo moneda austracista en Andalucía. (Leer +)
Un año después, el 22 de agosto de 1705, una nueva flota aliada llegó a las aguas de Barcelona con 25.000 marineros y 9.000 soldados, y tras un largo asedio y enconada lucha rindieron la ciudad el 9 de octubre. Con ello el enfrentamiento internacional se transformó también en una Guerra Civil, que no concluyó hasta la toma de Barcelona por Felipe V en 1714 y la de Mallorca un año después, en la que buena parte de los súbditos de los reinos de la Corona de Aragón se alinearon en el partido del Archiduque Carlos de Austria, y los de la de Castilla en el de Felipe de Anjou.


Archiduque Carlos de Austria y Felipe de Anjou.


En este largo y fratricida conflicto, en el que se sucedieron campañas que llegaron hasta los mismos centros del poder de ambos contendientes, la moneda fue uno de los principales instrumentos de difusión de la imagen de los pretendientes en disputa, y el más claro ejemplo en ambos casos de la instauración efectiva de su poder en el territorio controlado. No es por ello de extrañar que la posesión de moneda acuñada o usada por el enemigo fuese considerada delito, y por tanto perseguida.



En la ceca de Barcelona se acuñaron entre 1707 y 1714 pesetas, reales dobles de metrología castellana y peso de unos cinco gramos para su circulación en toda España, que tomaron como modelo los acuñados en Segovia en 1682 a nombre de Carlos II. En su anverso aparece el nombre del pretendiente en monograma coronado y debajo el numeral III dentro de una gráfila, y la leyenda HISPANIARUM REX, y en su reverso el escudo de España y la leyenda CAROLUS III D.G.




En 1706 se acuñaron en Madrid reales de talla de 4 piezas el marco, acordes con la reforma de la plata de 1686, pero el año siguiente se rebajó la talla a 75 piezas el marco y la ley a 10 dineros, y se acuñaron en gran cantidad en este año y en el siguiente en el Real Ingenio de Segovia, conforme a un ensayo realizado por Jean Castaing. Estos reales llevan en su anverso escudo cuartelado y coronado, con lises en escusón, y leyenda PHILIPPVS V D.G. HISPANIARVM REX, y en el reverso el monograma del soberano coronado, la leyenda DEXTERA DOMINI EXALTAVIT ME y la fecha de emisión. Por el perjuicio que suponían para el comercio, por su baja ley y peso en relación a la moneda circulante anterior del reino, se ordenó finalmente suspender su labra.



El contenido en fino de las emisiones de ambos era similar, como afirmaba Pierre Vilar, al de la libra tornesa después de su estabilización en 1726, al posteriormente adoptado en España como moneda provincial y al del franco germinal, el utilizado en Francia durante el siglo XIX, por lo que en estas emisiones, con el precedente también catalán de 1674, se encontraría el origen de la moneda de plata más clásica de la Europa contemporánea.



La plaza de Gibraltar fue durante toda la Guerra de Sucesión, como hemos comentado, un importante punto estratégico para los aliados del Archiduque, y fue defendido contra importantes contraataques de las tropas borbónicas, como el que se produjo pocos días después de su toma, el 24 de agosto, con la batalla de Málaga, el último enfrentamiento naval de envergadura del conflicto, y con los asedios de septiembre de ese mismo año y de marzo del siguiente. En este último los austracistas contaron como aliados para su defensa con Muley Ismail, rey de Marruecos, y con los gobernantes de Túnez y Argel, lo que extendió el conflicto al norte de África, e incluso se llegaron a remitir 5.000 ducados a los presidios norteafricanos para favorecer su obediencia al Archiduque.



A pesar del constante estado de guerra, muchos comerciantes iban a la ciudad a vender sus frutos, dado que al correr en ella la moneda austracista, ganaban el veinte por ciento de su reducción a moneda legítima al introducirla en el territorio dominado por Felipe V. Por ello y por evitar su difusión por motivos políticos se ordenó a los justicias recogerla para su remisión al superintendente general y su fundición, así como el castigo de aquellos comerciantes que la introdujesen. Estas prácticas están documentadas muy adelantado el conflicto, en 1712.



Los avances y retrocesos de ambos ejércitos estuvieron jalonados de bandos y cédulas autorizando en los territorios dominados la circulación de la moneda propia y de sus aliados u ordenando la prohibición y recogida de la del Intruso Gobierno. Pero, como tantas veces ha sucedido en nuestra historia monetaria, una cosa era lo que el rey disponía y otra la realidad. Las pesetas y reales batidos durante este enfrentamiento cainita por ambos contendientes tuvieron una larga vida, circulando hasta bien entrado el siglo XIX, tan gastados que en muchos de ellos se habían borrado las improntas totalmente y habían sufrido una considerable merma del metal en el que habían sido acuñados.

Bibliografía

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