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El origen del dinero (II): Comienza la Edad de los Metales

El origen del dinero (II): Comienza la Edad de los Metales

Por José Alberto Jiménez Peris

miércoles 05 de noviembre de 2014, 05:26h

Continuamos con el artículo iniciado en la entrega anterior sobre el origen del dinero (Ver El origen del dinero (I): Sistema económico desde la revolución neolítica. Hasta ahora hemos visto cómo los seres humanos pasaron por varias etapas que le llevaron, durante varios milenios, hasta la necesidad del trueque y del comercio cuando sus excedentes agrícolas, ganaderos o artesanos los dedicaron a ser canjeados por bienes o servicios de los que carecían en su ámbito geográfico o entorno social.

La diversificación del trabajo fue inherente a estos procesos. Nadie podía ser pastor, agricultor, constructor, armero, curtidor, etc., al mismo tiempo. Era necesaria la especialización. Y la división del trabajo condujo, necesariamente, al pago por los productos y a la retribución de los servicios. Un pastor recibía el ganado de los miembros del asentamiento para que cuidara de él y lo llevara a pacer y, a cambio, recibía un determinado número de crías o algunas medidas de cereales o prendas de vestir, etc.

Grabados sumerios que muestran diversas ocupaciones. Museo Británico.

Pronto se presentó el engorroso problema de valorar los servicios y productos. Cada uno tasaba las mercancías siguiendo su propio criterio y se originaban grandes variaciones en los precios, dependiendo de muchos factores, pero principalmente de la necesidad de vender o comprar, es decir, de la oferta y la demanda.

Las reuniones periódicas de los clanes, o tribus, cumplían dos objetivos muy importantes: la propagación de las experiencias adquiridas y el intercambio de productos Además, en estas congregaciones quedaban determinados, de alguna forma, los precios. Habían nacido los mercados. En ellos se intercambiaban productos y ganado, y se establecían los precios de referencia para todo tipo de operaciones de compraventa. Las transacciones eran muy laboriosas pero poco a poco se iban acercando posturas. Era el regateo.

El transporte de mercancías para el intercambio resultaba un trabajo ímprobo, y para hacerlo más llevadero, un cerebro privilegiado inventó la rueda, pero, aún así, el arrastrar los carros también resultaba penoso hasta que alguien muy despierto utilizó la tracción animal. Alguna ficción ufológica atribuye ambas cosas a una donación del dios sumerio Enki a los habitantes de la ciudad de Eridu, que estaba bajo su protección.

Grabado sumerio del Museo Británico. Alguna opinión la interpreta como el dios Enki, sedente, entregando la rueda a los humanos.

La rivalidad entre tribus, y la consiguiente necesidad de defensa, hizo que surgieran las ciudades-estado y, en ellas, los templos desempeñaban un papel muy importante en las tareas de administración. El incremento demográfico implicó la extensión de las tierras cultivadas y los excedentes crecieron aún más. Ya no bastaban los almacenamientos domésticos, eran necesarias construcciones considerablemente mayores para guardar las cosechas. Los templos tuvieron una función de gran relevancia en la resolución de este problema.

Recreación de un zigurat sumerio.

Los sacerdotes (funcionarios) de las ciudades de Mesopotamia y del valle del Nilo fueron desarrollando un sistema de registro de las mercancías que se depositaban en los templos. Como garantías de los ingresos, se entregaban a los depositantes tablillas de barro cocido, en las que se anotaban las cantidades entregadas, y retiradas, de las distintas mercancías. Con ello se fijaron unos precios para los productos, que sólo oscilaban según la abundancia de las cosechas. Pero aún así, el intercambio resultaba dificultoso fuera del ámbito de los templos. Las tablillas de barro grabadas fueron el origen de las escrituras cuneiforme y jeroglífica.

Recreación de una Escuela de escribas. En Uruk IV aparecieron los primeros cilindros-sello con signos de escritura.

Las ciudades-estado crecieron en riqueza y, por tanto, en poder y comerciaban entre ellas. En un principio, a modo de albaranes, se utilizaban unas esferas de barro en cuyo interior se colocaban tablillas que llevaban grabado el contenido de la expedición. Al llegar a destino, se abría la esfera y se comprobaba que la carga correspondía a lo anotado en las tablas del interior. Así existía un registro del comercio entre ciudades, que permitía compensar las operaciones de importación y exportación. Este comercio era demasiado complicado, por la dificultad de hacer coincidir las necesidades de ambas partes.

Esfera y tablillas utilizadas como albaranes.


Fichas y tabletas de arcilla donde se registraban las transacciones económicas.

La Edad de los Metales vino a simplificar el problema. La utilización del cobre se conoce desde el octavo milenio a.C., aunque sólo se utilizaba en objetos de adorno debido a su blandura. La aleación con el estaño fortaleció su consistencia, naciendo el bronce, cuya utilización fue mucho más amplia. El empleo de dichos metales, así como el oro y la plata, se extendió rápidamente por el orbe poblado.

Los yacimientos de minerales no se encontraban en todas las zonas. Así en Mesopotamia poseían abundancia de grano y rebaños, pero carecían de cobre, estaño, hierro, oro y plata. En la meseta de Anatolia abundaban los minerales, pero faltaban cereales. El comercio, que en un principio se reducía al ámbito de los clanes y regiones, se extendió ampliamente por la necesidad de productos metalíferos. Comenzaba el comercio a gran escala.

A mediados del tercer milenio a.C. apareció el concepto de dinero al utilizarse los metales como medios de pago generalmente aceptados. Cada ciudad, o comerciante poderoso, utilizaba sus propios metales con distintas formas y tamaños. Ello implicaba que, en toda transacción, hubiera de comprobarse el peso y la calidad de los entregados como pago.

Para evitar esta laboriosa tarea se recurrió a la acuñación. Se fundían los metales y se fabricaban barras en las que el comerciante hacía grabar su cuño garantizando con ello el peso y la ley. Estos lingotes fueron el primer dinero conocido. Cada persona con suficiente poder económico poseía capacidad de acuñación, pero pronto esa facultad se reservó a los poderes oficiales. Los talleres monetarios, edificaciones adosadas a los templos, eran las encargadas de ello.


Media mina. Unidad de cuenta con un peso equivalente a 248 gramos. Está firmada por el rey de Ur Shulgi (2094-2047 a.C.) y lleva el emblema del dios de la Luna, Nannar. Wikipedia.

La utilización del dinero se simplificó con la llegada de la moneda. Las primeras documentadas aparecen en el siglo VII a.C. en Sardes, capital de Lidia, Asia Menor.

Foto: http://es.wikipedia.org/wiki/Lidia.

Eran de electrum, unas pepitas de aleación natural de oro y plata (oro blanco), que se encontraban en las arenas de los ríos. El rey Giges hizo grabar en ellas, a modo de cuño, la cabeza de un león, emblema de la ciudad.

Electrum de Lidia (http://tesorillo.com.)

En el siglo VI a.C. aparecen, en la misma ciudad, las primeras monedas de oro puro y de plata. El rey Creso, inmensamente rico e inspirador del mito de Midas, quien todo cuanto tocaba se convertía en oro, hizo que se grabaran en el anverso de ellas sus símbolos reales: las cabezas de un león y un toro. Se cree que fueron utilizadas, en un principio, para pagar a las tropas mercenarias. Más adelante se amplió su uso aceptándose como medio de pago en general y, pronto, se extendió su utilización por la cuenca del Mediterráneo favoreciendo en gran manera las transacciones comerciales y, por tanto, la producción de bienes y la prestación de servicios.

Desde su nacimiento, la moneda ha ido indisolublemente unida a la historia de los pueblos y ha evolucionado con ellos. Las sociedades son organizaciones esencialmente dinámicas que han ido transformándose a través de los tiempos y la moneda lo ha hecho en la misma medida. Las sociedades primitivas tenían una organización muy simple: individuo, familia y clan, pero progresivamente alcanzaron estructuras más complicadas naciendo las instituciones. En cuanto a la moneda, las primeras acuñaciones eran muy rústicas, pero con el tiempo se fue perfeccionando el diseño y los griegos llegaron a ser verdaderos artistas.

Estátera de Lidia. Anverso, Prótomos (parte anterior) de león y toro. Reverso, dos cuadrados incusos yuxtapuesto (http://Coinarchives.com.)

Estáter o estateraera el nombre con que se conocían las primitivas monedas de electrum.

La palabra moneda procede de la latina “moneta”, nombre de una advocación de la diosa romana Juno, en cuyo templo se batían los ejemplares romanos.

Al principio, las monedas eran estimadas por su valor intrínseco, el del material que las componía, mas, pronto, los gobernantes disociaron el valor intrínseco del extrínseco, el atribuido como medio de pago, favoreciendo con ello la inflación, circunstancia que influyó poderosamente en el declive de los imperios

Y para terminar, le invito, paciente lector, a realizar con nosotros el recorrido mitológico-numismático que nos proponemos emprender a lo largo de la cuenca del Mediterráneo. Pero eso será en un próximo artículo. Les espero.

(Próximo artículo: Egina)

José Alberto Jiménez Peris

http://historiadelasmonedas.wordpress.com/

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