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Historia de una Onza: Periplo de trescientos años (y II)

Historia de una Onza: Periplo de trescientos años (y II)

Por Rafael Tauler Fesser

miércoles 16 de septiembre de 2015, 05:55h

Continuamos con la historia de una onza que iniciamos con anterioridad en estas mismas páginas, el pasado 13 de mayo. (Ver http://www.numismaticodigital.com/noticia/8368/articulos-numismatica/historia-de-una-onza:-un-periplo-de-trescientos-anos-i.html). Una vez que ya habían fabricado toda la producción demandada desde España a lo largo del año en vigor, empezaba para nosotras otra apasionante aventura.

Cuidadosamente introducidas en bolsas de cuero, que contenían un número determinado de unidades para facilitar el rápido recuento, éramos a su vez introducidas en grandes sacas, o en arcas o arcones de madera, donde asentadas, como aquellos primos nuestros los lingotes y a lomos de mulas deberían transportarnos de un océano al otro, del Pacífico al Atlántico; ello suponía una épica hazaña, como ya hemos explicado anteriormente. Así pues, omitiendo los avatares del largo viaje, llegamos por fin a Portobelo (hoy ciudad panameña). En aquel próspero poblado se depositaba todo el oro y la plata proveniente de las colonias Españolas en Sudamérica. Y nosotras, las peruleras o limeñas, no habíamos de ser menos. Allí permanecíamos bien custodiadas hasta que nos embarcaban desde La Habana, donde se formaba una gran flota de galeones. A veces se reunían hasta doce, unos de carga, otros de guerra con sus cañones, dispuestos a defendernos de nuestros enemigos los corsarios y piratas de la época que anhelaban asaltarnos ante cualquier descuido.

Veamos brevemente cómo se formaba la Gran Flota que debía transportarnos, allende los mares, ante nuestro señor el rey de las Españas.

Las Flotas españolas de los siglos XVII y XVIII tenían una composición específica, que se fue perfeccionando a lo largo de doscientos años de transitar por aguas del Atlántico, del Pacífico y, por tanto, del Caribe. La estructura de la flotilla estaba diseñada para ofrecer la mayor protección posible a los barcos del convoy. La necesidad de protección era primordial para los ricos pasajeros y para los tesoros que portaban las embarcaciones. Y la razón principal de esta necesidad nacía del inmenso potencial de ataque de los navíos de naciones extranjeras comandados por corsarios y piratas.

A la cabeza de cualquier flota española de tesoros estaba el navío al mando, la capitana, a las órdenes de un Capitán-General. Su deber era conducir la flota a buen puerto, al destino previsto y tomar todas las decisiones necesarias del mando. A la retaguardia del convoy iba la almiranta, bajo la autoridad del Almirante de la flota, que era el segundo en la escala de mando. Su posición proporcionaba la posibilidad de mantener al resto de la flotilla en línea, e iba tan bien armado como la capitana. El tercero en el mando era el Gobernador-General, cuya embarcación se colocaba entre la flota, allí donde consideraba el Capitán-General que era necesario.

El resto de la flota se completaba con un séquito de naos (tan grandes como los galeones pero más ligeras y armadas como cargueros), con refuerzos (embarcaciones de suministro de la flota), con pataches (que supervisaban personalmente, yendo en botes a los barcos de la flota), y con avisos (barcos de consejo, recaderos de la flota) más pequeños y más rápidos que el resto de las naves. Los avisos llevaban noticias y órdenes entre las embarcaciones, y también a los puertos.

Una de las flotas era conocida como la «Terra Firma» (Tierra Firme) una flota veloz, apodada Galeones. El cometido de esta armada era partir de España con las mercancías necesarias para las Colonias del continente Americano y recoger los tesoros del Nuevo Mundo junto con cargamentos y pasajeros que regresaban a España desde los puertos de Cartagena, Portobelo y La Habana. La flota Tierra Firme llegaba a La Habana y aguardaba la llegada de otra Flota, la de Nueva España.

La Flota de Nueva España que arribaba de México, bajo el mando de otro Capitán-General, también había zarpado de España un año antes que la de Tierra Firme y se había dirigido directamente a Veracruz (México), donde había recogido hombres y mercancías que procedían de Centroamérica.

Así pues, nos hallábamos en La Habana el conjunto de las dos flotas esperando las órdenes pertinentes para surcar los mares y llegar a Las Españas vía Cádiz y Sevilla, para ser distribuidas según las órdenes reales.

Llegadas a nuestro destino final, los valores pequeños de plata se destinaban al comercio y uso cotidiano de mercadería, junto con los maravedíes, acuñados en cobre-bronce, que conformaban el monetario de uso corriente.

Al oro nos esperaban misiones de más alta alcurnia, grandes transacciones, uso por banqueros y grandes comerciantes, instrumento de sustento para las pagas e intendencia de las cotidianas contiendas que siempre afligían a nuestros territorios.

Pero volvamos a mi persona: llegué a manos de sus majestades los reyes de España y quizás porque yo poseía una belleza natural y una acuñación cuasi perfecta, decidieron guardarme en un lujoso estuche, donde estuve protegida durante décadas y generaciones; no llegué nunca a formar parte de una transacción económica, así que a lo largo de tres siglos (1710 a 2010), he pasado de unas manos a otras sin haber sufrido daño alguno que merme el esplendor con el que fui acuñada.

Hoy reposo en un antiguo monetario de caoba, acompañada de algunas hermanas y primas de otras cecas y años. Nos lo pasamos bien, charlamos y, sobre todo, nos contamos anécdotas de nuestras experiencias, viajes y avatares. Son muchas las peripecias que entre todas tenemos que narrar, alguna, por ejemplo, ha tenido la suerte de ir y de volver de las Filipinas,

Nota: Esta pieza puede ser localizada en:

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concretamente una hermana mía nacida en Madrid en 1639, es decir que es 70 años mayor que yo, conoció al penúltimo de los Habsburgo (Casa de Austria) Felipe IV, y fue con las huestes de éste que navegaron hasta el archipiélago filipino.

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Otra de mis hermanas, nacida en 1688 en Sevilla, cuyo amo y señor fue Carlos II, al que apodaron «El Hechizado» (dicen las malas lenguas que este sobrenombre se lo impusieron por unos problemas urinarios que le impedían cumplir con su obligación de tener descendencia), contaba sus periplos por el Sacro Imperio Romano que no tenían desperdicio.

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Tenemos otra hermana que es sumamente especial, pues le tocó nacer en Barcelona en 1708, en plena Guerra de Sucesión Española (un conflicto internacional por la sucesión al trono de España tras la muerte de Carlos II). Su rey sería el llamado Pretendiente, que no era otro que el Archiduque Carlos (hijo del Emperador del Sacro Imperio, Leopoldo I), al que llamaron Carlos III; sus aspiraciones murieron en el año 1714 que perdió Barcelona, seguida de Mallorca en 1715, pero es interesantísimo lo que narra nuestra hermana sobre los problemas que se derivaron de esta Guerra en los territorios catalanes.

Otras hermanas, concretamente dos mexicanas y tres limeñas, estuvieron sumergidas en el océano 250 años, pues naufragaron en las costas de Florida debido a un huracán que arrasó la Flota que venía a España en 1715 y allí permanecieron, conociendo todos los misterios de la vida submarina, hasta que por los años de 1955 a 1965 fueron rescatadas por unos buceadores, llamados comúnmente Buscadores de Tesoros, que las pusieron a la venta a través de subastas públicas…

Pero no me extiendo más, mucho hay que contar, mucha historia se guarda en este monetario y puede que algún día contemos algo más. Yo sigo escuchando y con esto y lo que disfruto cuando de vez en cuando mi nuevo amo me saca de mi aposento y me acaricia y me mira con mimo me siento dichosa y afortunada y, con un suspiro de satisfacción, vuelvo a mi lecho…

Rafael Tauler Fesser

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