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Las últimas macuquinas*

Las últimas macuquinas*
miércoles 14 de octubre de 2015, 06:05h
Presentamos las últimas Onzas macuquinas y las primeras Onzas “redondas” o acuñadas a molino, prensa, máquina o como se quiera llamar a los primeros artefactos capaces de acuñar moneda completamente redonda y con canto labrado en mayor o menor medida. La diferencia en el resultado es abrumadora, no se parecen en nada en cuanto a la plástica o presencia, aunque la ley y el peso sean iguales.

El paso de acuñación a martillo a acuñación a “máquina” se ha dado en todos las monedas existentes que, antes o después, lograron la evolución hacia la modernidad.

Imposible abarcar el universo de monedas que han dado el cambio, así que nos centramos en la moneda española, más concretamente en el oro, y más concretamente aún en el valor de 8 escudos, la Onza, que ya es tema harto suficiente para un reducido artículo en esta publicación. En el pequeño mundo de las Onzas echaremos en falta muchas cecas tanto peninsulares como “coloniales”. En el caso de las primeras porque, como sucede con la ceca segoviana (Real Ingenio) cuando apareció la primera onza -Felipe III, Segovia año de 1611- esta Real Fábrica ya estaba acuñando con el nuevo “ingenio” desde 1586. Por este motivo no existen onzas de Segovia macuquinas. En el segundo caso porque muchas cecas del Nuevo Mundo que acuñaban moneda, no tuvieron la potestad de hacerlo con el oro antes de que los nuevos ingenios llegasen a sus fábricas, por lo que nunca pudo existir una onza macuquina, pero casi todas las cecas americanas llegarían a acuñar los 8 escudos redondos, de busto o de cordoncillo, como cada quien quiera denominarlos.

Tres cecas españolas acuñaron una única onza macuquina, por lo que no hay un después en la fabricación de 8 escudos. Cronológicamente son: Pamplona 1652, Felipe IV; Valladolid no datada Felipe IV y Palma de Mallorca 1689, Carlos II.

No damos imágenes ni de la pieza pamplonesa -se encuentra en los fondos de la American Numismatic Society de Nueva York- ni de la pieza vallisoletana -paradero desconocido-, ya que no disponemos de fotos más que en blanco y negro y de mala calidad.

Publicamos al doble de su tamaño, la pieza mallorquina que merece la pena contemplar por su espectacularidad; obra de inexperto abridor de cuños, con errores y rectificaciones en la leyenda, pero el resultado de su obra es de gran gusto y relieve.

La segunda pieza macuquina que presentamos es una onza barcelonesa, datada en 1709 sobre 1708, pertenece a Carlos III Pretendiente -Barcelona se hallaba, desde 1705 en poder del Archiduque-; única pieza conocida posterior a 1700 a la que le falta el escusón de las flores de lis por lo que no puede ser del primer Borbón, Felipe V, del que en todo su reinado nunca faltó el escusón borbónico y es en todo semejante a las onzas de Barcelona acuñadas bajo el último de los Habsburgo, Carlos II y por ende de esta ceca sí podemos hablar de precedentes. No podemos decir lo mismo sobre piezas posteriores, pues, que se sepa, no existen.

Tras esta vasta introducción ya podemos hablar de Onzas que tienen un antes -macuquino- y un después -redondo.

Presentamos la última onza macuquina de Sevilla, año de 1702, seguida de su posterior redonda de 1701... ¡Qué contradicción cronológica, decir que a 1702 le sigue 1701! Se debe a que coexistieron en el mismo tiempo y lugar las dos maneras de acuñar y mientras se hacían pruebas con los nuevos ingenios de laminado procedentes de Alemania -recordemos que ya se habían utilizado con gran éxito en Segovia- el taller seguía acuñando a martillo como siempre, así que suponemos que la primera pieza exitosa que salió de la nueva máquina fue la de 1701 que posiblemente vio la luz un año después. Pero aquí no quedan aclaradas todas las incongruencias.

La pieza macuquina pertenece a Carlos II y es en todo similar a la anterior conocida de 1699 con el escudo de los Austrias y sin rastros del escusón borbónico con las flores de lis (que veremos en el siguiente ejemplar de la ceca de Madrid, ya acuñado bajo Felipe V), así que estamos en presencia de una doble transición: la mecánica y la dinástica. Sevilla pasa de acuñar monedas de los Austrias con Carlos II y macuquinas, a acuñar moneda borbónica -con Felipe V- y redonda. ¿Quedan aclaradas dichas incongruencias?

¿Por qué se acuña una pieza de Carlos II en 1702? Cuando esto ocurre en el Nuevo Mundo a nadie le extraña que suceda, y así ha sido decenas de ocasiones, que se siguen acuñando monedas a nombre de soberanos ya fallecidos por obvias razones de comunicación tardía entre ambos continentes. Lo extraño es que esto suceda dentro de la Península y además con una diferencia de dos años desde el fallecimiento de Carlos II. Los expertos que analizaron y estudiaron esta pieza aseguran que son visibles los dos últimos dígitos, “02” y por lo tanto la pieza está fechada en 1702. No seré yo quien les enmiende la plana.

A simple vista se observan cambios decorativos y, por supuesto, heráldicos, pero en lo fundamental, escudo en anverso y cruz de Jerusalén dentro de una orla tetralobulada en reverso; texto y posición de leyendas, siguen siendo similares.

La siguiente ceca, Madrid, nos presenta un caso similar a Sevilla, la onza redonda es dos años más antigua que la última macuquina -además será la última macuquina peninsular-, las razones son similares a lo que explicamos en el caso anterior.

Aquí ambas pertenecen a Felipe V y ya vemos claramente el escudo borbónico de las 3 lises en sendos escudos, por ello ambas monedas presentan similares estructuras y leyendas, tanto en reverso como en anverso.

Presentamos la primera de las cecas americanas, México, que experimentó el paso de los sistemas de acuñación. Aquí observamos grandísimos cambios de presentación, ya no guardan similitudes, en anverso pasamos del escudo borbónico sin florituras a contemplar el retrato del monarca Felipe V tal y como se representaba a los reyes al estilo francés; en reverso, desaparece la cruz de Jerusalén y deja paso a un escudo magníficamente ornamentado con el Toisón de oro; las leyendas de sendas caras son totalmente distintas. Y aunque el peso sea el mismo, 27 gr., los diámetros y grosores varían claramente.

Con el reinado de Felipe V empieza la moda del retrato en anverso -motivo por el cual se empezaron a llamar monedas de “busto”- y que perdurará, salvo algunas excepciones, hasta la última de las onzas de Fernando VII.

Pasa el tiempo y entramos en el reinado de Fernando VI, hijo de Felipe V, y lo hacemos con una onza macuquina bien curiosa, la de Guatemala. La ceca guatemalteca es la única que acuña onzas macuquinas con la efigie real y lo hace con dos reinados, el de Felipe V y el de Fernando VI. La última de la que se tiene conocimiento es la que representamos más abajo, del año 1750 y que corresponde, como ya hemos dicho, a Fernando VI, pero mantiene el retrato de Felipe V. Esta es otra de las cosas que pasaban con frecuencia en el Nuevo Mundo, la tardanza, por motivos de lejanía, de la llegada del rostro del nuevo monarca.

Los cambios de presentación no son tan drásticos como en el caso anterior, ya que se mantienen los retratos en anverso y los escudos en reverso, eso sí, con leyendas totalmente diferentes. Macuquina de 1750 y redonda de 1754.

Seguimos con Lima, otro caso de profundísimas transformaciones entre la última onza macuquina y la primera redonda.

Ya de por sí las macuquinas limeñas siempre fueron diferentes a todas las demás con un diseño bien diferenciado, presentando en anverso la cruz de Jerusalén y en sus cuadrantes castillos y leones; en reverso las columnas de Hércules rematadas en capiteles de hojas y apoyados en olas marinas, dos líneas horizontales convertían el campo en 9 cuadrantes donde se aprovechaba para poner, en primera línea, ceca, valor y ensayador; en segunda línea “P V A” (Abr. de Non Plvs Vltra); y en tercera línea los 3 últimos dígitos de la fecha. Las onzas limeñas fueron poco a poco acuñándose con mucha tosquedad, reduciendo diámetro y acrecentando grosor. Por todo esto la transición a la primera redonda es abismal. Todo cambia. Nada guarda relación de una a otra. Hasta la ceca cambia de la simple “L” a un monograma de “LM” con un puntito encima. Para qué decir más, una imagen vale más que mil palabras. Macuquina de 1750 y redonda de 1751.

Terminamos con la ceca de Santa Fe de Nuevo Reino (Colombia), la última de las cecas coloniales en acuñar onzas macuquinas. Es con fecha de 1756 que esto sucede, seis años más tarde que las onzas limeñas y guatemaltecas. La transformación es profunda, similar a lo sucedido en el caso mexicano. El cambio en grosor y diámetro es notorio. La ceca cambia de “S/F” a “NR”. Ambas fechas coinciden en la última macuquina y la primera “de busto”.

Los amantes de las Onzas son numerosos y de gustos variables; los hay que coleccionan de todas, macuquinas, redondas, peninsulares y coloniales. Otros son más selectivos y solo coleccionan onzas redondas, alegando que las macuquinas son feas y no se entienden. Otros al revés, coleccionan únicamente onzas macuquinas, alegando que las redondas son todas iguales. Otros se dedican solamente a una ceca... hay, por fortuna, para todos los gustos.

En los países de Hispanoamérica es normal que coleccionen lo que en su país se acuñó, ya que son monedas “suyas”, están integradas en los museos, catálogos y colecciones de sus propios países y no se les ocurre dar el salto a cecas de otros lugares, sean americanas o españolas. Todo esto es normal, los españoles hemos tomado como nuestras las cecas que acuñaron los territorios que pertenecían a la corona española y tenemos el legítimo derecho a pensarlo así y así se refleja en las colecciones privadas o públicas, en los catálogos, en las tiendas o mercadillos. Estoy hablando de monedas en general, incluyendo todos los valores y metales, aunque también pueda aplicarse al mundo de las onzas.

Los estadounidenses son muy aficionados a coleccionar monedas de su entorno cercano, casi las han asumido como propias, ya que circularon muchos años por su país. Tienen predilección por las cecas de México y de Lima y también les entusiasman las monedas procedentes de los famosos y numerosos naufragios que acontecieron cerca de sus costas. Pensemos que, a mediados del siglo pasado, gracias a los buscadores de tesoros se rescataron del mar, sobre todo frente a las costas de La Florida, millares de monedas y otros artefactos, principalmente material procedente de la famosa Flota española, compuesta por once galeones, hundida en 1715. En el Museo de La Florida se expone un 25%, en teoría, de lo rescatado de estos naufragios. De hecho, se cree que las mejores colecciones de moneda “española” de finales del siglo XVII y del siglo XVIII, se encuentra en manos estadounidenses.

*Debido a su gran interés numismático “ND” vuelve a reproducir este magnífico artículo publicado en esta revista el 2 de mayo de 2012.

Rafael Tauler Fesser

www.onzasmacuquinas.com

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