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Las remesas de metales preciosos indianos en la Edad Moderna (IV)

Las remesas de metales preciosos indianos en la Edad Moderna (IV)

Por Pedro Damián Cano Borrego

miércoles 01 de junio de 2016, 05:58h
El destino de todos los tesoros llegados a la Península en esta época era la Casa de Contratación, y si por alguna circunstancia el desembarco se producía en otro puerto que no fuese Sevilla, como Málaga o Lisboa, los cargamentos eran inmediatamente trasladados a este lugar. Una vez en la Casa, un funcionario, llamado balanzario, los pesaba, procediéndose después a su custodia en la cámara del Tesoro, la Audiencia o el Consulado de Comercio.

Las cámaras y arcas estaban cerradas con tres llaves, y cada una de ellas estaba en manos de un funcionario diferente. Una vez que todo estuviese registrado y en orden, y previa autorización del Consejo de Indias, las cantidades correspondientes a comerciantes privados les eran devueltas a sus propietarios por el Maese de la plata de la flota, normalmente en el plazo de cuatro meses.

Mosaico de la Casa de la Moneda de Sevilla con fecha de 1585.

No todo el metal precioso que llegaba en las flotas era acuñado directamente, y en ocasiones se pagaban por la Corona cantidades importantes de metal sin batir a sus acreedores, especialmente a los banqueros. La ceca de Sevilla, y por ende todas las de la Corona, solamente acuñaban aquellos metales que tuviesen la finura adecuada que vimos anteriormente, por lo que sus propietarios habían de hacerse cargo del mismo, y eso hizo que los mismos se vendieran en muchas ocasiones en subasta pública a los mercaderes de oro y plata.

Los mercaderes eran particulares, acaudalados, con experiencia financiera y en muchas ocasiones bancarias, que se especializaron en la compra de los metales preciosos con un descuento a los productores, y que llevaban los mismos a las casas de fundición y posteriormente a las cecas para su conversión en moneda. Su actividad beneficiaba tanto a los productores como a las Casas de Moneda, dado que garantizaban el suministro de los metales necesario para que el proceso productivo fuese rentable.

8 Reales, Madrid, 1709. Imagen Portal Fuenterrebollo.

Estos mercaderes, que se hacían cargo del manejo y tráfico de los caudales y realizaban el afinado de los metales preciosos, gozaban del privilegio de no poder ser visitados por la Justicia, lo que contribuyó aún más al fraude. Desde 1608 se estipuló que solamente las compañías que constasen de dos o más socios podrían participar en este negocio, lo que supuso la aparición en España por vez primera de las sociedades comanditarias a gran escala.

Parte de las remesas de plata eran remitidas sin acuñar a las cecas de otras ciudades del Reino, especialmente al Ingenio de Segovia. Otras Casas de Moneda fueron beneficiadas por remesas ocasionales, como las de Madrid, Granada y Cuenca. Pero los propietarios de la plata preferirán batirla en Sevilla, toda vez que se ahorraban los costes de transporte y recibían el metal acuñado en menos tiempo. Asimismo, se prefería, como en las cecas indianas, la labra de reales de a ocho, en contra de lo deseado por la Corona, que ordenaba la emisión de piezas de reales sencillos, de a dos y de a cuatro, dado que los comerciantes y súbditos necesitaban también moneda fraccionaria.

Para Domínguez Ortiz, la importancia capital de la ceca de la capital hispalense radicaba en que la misma proveía a la Corona de las emisiones de oro y plata necesarias para financiar su política exterior. Toda vez que las cantidades recibidas en concepto de pagos a la Real Hacienda devenían insuficientes, la monarquía desarrolló el sistema de juros como fuente de financiación, del que ya hemos hablado anteriormente en esta obra.

Carlos II, Real de a 8 acuñado en Lima 1689. Imagen Cayón subastas 4 de febrero de 2015.

La época de Carlos II presenta para este mismo autor grandes incógnitas. Quizás la más importante de ellas sea el cálculo de las remesas de oro y plata que llegaron durante su reinado, toda vez que el fraude generalizado y la falta de registros de entrada hacen difícil su estimación. Los comerciantes que pudieron sobrevivir a las quiebras, muchos de ellos mudados a Cádiz, siguieron participando en el comercio de la plata, y este metal siguió siendo utilizado para los gastos interiores y exteriores de la Corona.

La saca de metales preciosos continuó como en épocas anteriores. Antonio Miguel Bernal recoge el testimonio del cónsul francés, que nos informa de en 1670, el 49% de las remesas pasaron al extranjero en un plazo inferior a un mes, el año siguiente se extrajo el mismo porcentaje solamente en embarcaciones francesas, y en 1681 el 62,69% de lo arribado en los Galeones, unos trece millones de pesos, habían salido de Cádiz para Europa en seis semanas.

Mapa de Génova y Florencia. Frabz Hoefnagel. Civitates Orbis Terrarum.

El transporte de la plata en Europa necesitaba de una adecuada coordinación de todos los agentes que participaban en el mismo, para llevarlo a cabo de la manera más rápida y eficaz. Los banqueros de Madrid trabajaban siempre con los mismos comisarios, que recogían las rentas o los metales preciosos en distintos lugares de la Península y volvían con ellos a la capital, al igual que sucedía con los agentes que debían recibir el metal precioso en Barcelona, el que posteriormente se hacía cargo de él en Génova o el que posteriormente se ocupaba de su venta.

En Madrid se contaba el dinero y se empaquetaba en talegos y cajas de madera, en un valor común de 20.000 reales por cada una de ellas. El peso máximo de carga por mula que normalmente se acordaba entre los comisarios y los carreteros era de 13 arrobas por macho, y en cada carga iban dos cajas. Estas cajas se preparaban para resistir las inclemencias y el transporte y llevaba una insignia de las Armas Reales, dado que su contenido estaba protegido por la Corona.

El embalaje se realizaba ante notario y en presencia del comisario encargado del transporte, y se certificaba la suma recibida, el tipo de monedas y el destino de las partidas. El comisario era el responsable del transporte hasta que se entregaba la carga en destino a cambio de una carta de pago. Al estar en principio prohibida la transferencia de metales preciosos de unos reinos a otros, debía contar con una previa licencia real y un permiso especial del Consejo de Hacienda al banquero, y de éste al comisario, que recibía asimismo poderes para hacer uso de las licencias de saca y de los pasaportes.

Las licencias de exportación de metales preciosos se concedían a los banqueros como parte de las concesiones de los asientos por los ministerios de Hacienda y Guerra, y los pasaportes eran órdenes expedidas a las autoridades de cada uno de los territorios que se atravesaban para que no se produjesen incautaciones o retenciones. De no llevarse estos pasaportes, cualquier autoridad podía disponer de manera temporal del dinero circulante en el territorio de su jurisdicción, y servían igualmente para solicitar protección de dichas autoridades.

Mapa francés de Barcelona en el siglo XVII.

Hasta 1640 el puerto de embarque normalmente utilizado era Barcelona, y a partir de la revuelta de los segadores se optó por los de Denia, Valencia o Cartagena. Los viajes de ida y vuelta a Barcelona no duraban más de quince días, y diez a Cartagena. Si el destino era Amberes, se embarcaban los caudales en los puertos del Cantábrico y el Atlántico, especialmente en La Coruña. Una vez en el puerto, se entregaban por el comisario a un agente de la ciudad, si bien en los envíos a Génova era habitual que se embarcasen con los caudales.

Cuando el dinero llegaba a Génova, o bien se vendía en esta misma plaza o bien se reenviaba a otra ciudad. También se podía depositar en el Banco de San Jorge o remitirlo a Milán o Amberes, en este último caso cruzando los Alpes. El coste del transporte se realizaba en plata, y si bien cuando los portes se hacían íntegramente en territorio castellano podían pagarse en vellón, en los territorios de la Corona de Aragón se debían liquidar en plata.

Real de a ocho, Madrid, 1772, Carlos III. Imagen Corvera Colecciones.

La llegada de metales preciosos, tanto por cuenta de la Real Hacienda como de los particulares, se incrementó notablemente en el siglo XVIII, especialmente en el caso de las remesas a particulares, que supusieron un 89,80% del total de los llegados entre 1717 y 1778, según el siguiente detalle:

Importancia de metales preciosos desde las Indias (1717,1778), en pesos
Según los estudios de la profesora García Bernal, los caudales recibidos por los particulares representaron el 76,78% de las remesas recibidas en España, frente al 23,21% de las mercancías, no cabiendo ninguna duda del importante peso específico en el comercio ultramarino de las entradas de metales preciosos en la Península y en el circuito comercial europeo.
8 Escudos, Sevilla, 1772. Imagen Portal Fuenterrebollo.

A finales del siglo XVIII, según Humboldt, el conjunto de los metales preciosos beneficiados en la América española y portuguesa ascendía a 70.000 marcos de oro y 3.250.000 marcos de plata, lo que suponía el 90% del total del oro y el 91% del de la plata a nivel mundial, lo que suponía un porcentaje de 1 a 46 entre ambos metales, una cantidad no muy diferente a lo extraído en el continente europeo, incluyendo la Rusia asiática, en la que la proporción estaba en 1 a 40.

Parte de las remesas llegaron en metal ya amonedado, y gran cantidad de ella siguió arribando en barras y piñas. La Casa de Moneda de Sevilla vivió épocas de una febril actividad, que coincidían con las llegadas de las Flotas, con otras de una práctica inactividad, al espaciarse las salidas de galeones y Flotas, lo que para este autor estuvo en ocasiones motivado por los intereses de los grandes mercaderes, que al crear en las Indias una artificial escasez conseguían incrementar los precios de sus mercancías.

Como afirma Serrano Mangas, la plata, ya fuese la oculta o la corriente, era la garantía de la circulación y aceptación de la moneda de vellón, y la abundancia o escasez de metales preciosos determinaba el crecimiento o el reflujo del premio. El deseo de los comerciantes, en todo momento, fue trocar la moneda de vellón, inútil fuera de las fronteras de los reinos peninsulares de Castilla, por plata peruana o mexicana, una moneda universal cotizada a escala planetaria.

Bibliografía

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