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Las devaluaciones secretas en la ley de la moneda nacional durante el reinado de Carlos III

Las devaluaciones secretas en la ley de la moneda nacional durante el reinado de Carlos III

Por Pedro Damián Cano Borrego

miércoles 19 de octubre de 2016, 05:10h
Por Real Orden reservada de 18 de marzo de 1771 y Real Pragmática de 29 de mayo de 1772 se reformó la moneda de oro y plata. Como afirmaba Gil Farrés, estas medidas fueron acompañadas con rebajas secretas de la ley y del peso de las monedas, y Paradaltas recogía en 1847 que en los análisis realizados en las monedas acuñadas entre los años 1772 y 1786 se habían encontrado importantes variaciones en su ley. En fecha 21 de mayo, los superintendentes de las Casas de Moneda recibieron la instrucción reservada de reducir la moneda nacional, acuñada en las cecas de los Reinos de las Indias, en la proporción indicada.

La ley de las emisiones áureas se rebajó a 21,42 quilates, 893 milésimas, y tipológicamente se continuó con los motivos de los reinados anteriores, busto a derecha en anverso y escudo grande coronado y rodeado de toisón de oro en reverso. La leyenda del reverso, que apareció en Madrid en 1760 y posteriormente se utilizó en la ceca de Sevilla, era IN UTROQ FELIX AUSPICE DEO (Afortunado en ambos-hemisferios- con el auspicio de Dios). Desde el 1 de enero de 1772 el valor del doblón de ocho escudos se fijó en 300 reales de velón justos, y los demás faciales en la misma proporción.

Retrato del rey Carlos III, por Antonio González Ruiz.

Se ordenó por estas normas la retirada de todo el numerario áureo o argénteo anterior que no cumpliese con los requisitos mínimos para su circulación, como era el caso nuevamente de la moneda macuquina. Se vuelve a insistir en que su irregularidad da lugar a mermas por limadura o cercén, y nuevamente se ordena la labra con cargo al Erario Público de monedas circulares con cordoncillo para su sustitución.

El diseño irregular y el corte imperfecto de las monedas permitían el recorte, limado y la falsificación de las monedas. La merma fue tal, que los escudos eran normalmente aceptados solamente por su peso, y algunos mercaderes mantenían una tarifa para las recepciones y otra para los desembolsos. Esta nueva moneda no podría, según esta normativa, mantenerse en uso si no estuviese entera. Los propietarios de balanzas para el peso de monedas debían, transcurrido el plazo de moratoria fijado de dos años, entregarlas.

Se establecía que las nuevas monedas de todos los metales debían batirse, por cuenta de la Real Hacienda, en las Casas de Moneda de Madrid y Segovia desde el día 1 de junio de 1772. Los metales que los particulares llevasen a acuñar, si eran conforme a la ley contemplada en las Ordenanzas, debían ir exentos de señoreaje y pagados en su valor extrínseco.

Para cumplir lo prevenido en la Pragmática de 29 de mayo, se ordenaba a los superintendentes de ambas cecas que incrementasen los medios y el personal si fuese necesario, para proceder a la fabricación de la nueva moneda lo antes posible. Asimismo, los oficiales del Tesoro recibieron instrucciones para recoger para su reacuñación toda la moneda de oro y plata en su custodia, y para persuadir a los particulares a seguir su ejemplo.

Mientras que hasta 1764 las piezas de oro tenían entre 911 y 917 milésimas, entre 1764 y 1772 era de 909 milésimas. Como afirma de Santiago, la explícita expresión de que las nuevas emisiones serían del mismo peso y ley que las anteriores no fue más que una falsedad que pretendía esconder un fraude o falsificación de Estado. Según Heiss, en los ensayos hechos a las mismas no se alcanza más de 893 milésimas, mientras que las batidas con anterioridad a esta fecha daban 906 milésimas. En las emisiones posteriores a 1772 recogía unos valores para los duros y medios duros de 896 milésimas, y de 809 a 813 en las demás fracciones.

Esta rebaja fue rápidamente detectada en los otros países. Pero estas medidas devaluatorias no mermaron el prestigio del real de a ocho en los mercados internacionales, y se mantuvo como divisa de referencia en Europa, Asia, el Norte de África y la América no hispánica, como la mejor y más abundante moneda.

Los estudios realizados por Bonneville, autor de un Tratado sobre Monedas de oro y plata en 1806, en el que afirma que se había detectado la bajada de la ley en las monedas de oro y plata, y que en 1779 se descubrió dicha falta de ley en una remisión del Tesoro Español al papado en monedas de oro acuñadas en 1772. Desde 1772 a 1786 las onzas rebajaron su ley de 21 quilates y 2 ½ granos (89,8%) a 21 quilates 1 ¾ granos (89,3%), siendo la media de las piezas ensayadas de 21 quilates 2 granos, teniendo las monedas de menor facial un porcentaje menor de oro. En cuanto a la plata, las piezas de a ocho batidas en México y Sevilla en 1772 eran de 10 dineros 18 granos, con un 89,6% de fino.

Las devaluaciones en la Casa de Moneda de Santa Fe

Miguel de Santistevan recibió del virrey Pedro Mesía de la Cerda la Real Cédula de 18 de marzo de 1771, y el 20 de diciembre llegó otra Cédula secreta que bajaba la ley de la moneda de oro a 21 quilates y 2 ½ granos. En las cecas del Nuevo Reino fue muy difícil mantener estas devaluaciones, y no había ningún reglamento para llevar las cuentas de utilidades ni sobre la manera legal de cerrarlas.

El virrey, consciente de estas dificultades, hizo partícipes a los cuatro contadores mayores del Tribunal de Cuentas de las órdenes reales, y puso las cuentas en manos de un comisionado regio bajo la denominación de Ramo Extraordinario. Asimismo, redactó un solemne juramento que periódicamente se tomaba a los funcionarios que debían intervenir.

Juan Martín de Sarratea y Goyeneche fue nombrado nuevo superintendente en lugar de Santistevan, quien había dedicado veintitrés años a su cargo y que se retiró con su sueldo completo. El 25 de febrero de 1786 se ordenó otra secreta devaluación de la moneda áurea, medida que fue nuevamente detectada por los demás países. Se da el curioso caso de que en 1787 llegó una Real Cédula reservada a Bogotá en el que se culpaba a los ensayadores de la ceca de no haber cumplido las órdenes sobre la ley de las monedas.

El texto del juramento antes citado, recogido por Dargent, era el siguiente:

Jura V.S. a Dios y al Rey observar fiel y rigurosamente quanto Su Mag. se digna mandarle por su Real Orden de 25 de febrero de 1786 fecha en El Pardo que acaba de leer V.S. guardando especialmente el más inviolable sigilo ahora y siempre con arreglo a lo dispuesto por Su Mag. en la materia, baxo las penas y responsabilidades que exije por la falta más mínima que se experimente en lo tocante a su independencia contra la más puntual practica de la indicada a su Soberana y justificadísima determinación. A lo que debe responder “Sí juro" y Su Exa. contestar "Si así lo hiciere V.S. cumplirá con su obligación, y si no, Dios y el Rey se lo demanden”.

En Santa Fe se puso en práctica el consejo de Francisco Fernández de Molinillo, de la ceca de Madrid, de sustituir la plata de la liga de las monedas de oro por cobre para aumentar la ganancia. Esto daba a las monedas acuñadas un tono rojizo, y causó rechazo. Asimismo, se intentó reducir los sueldos y racionalizar los oficios de la ceca, a lo que el superintendente contestó al virrey en fecha 6 de septiembre de 1776 que no había motivo para tales medidas.

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