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La debacle de la dinastía Ming y la plata española

La debacle de la dinastía Ming y la plata española
miércoles 03 de diciembre de 2014, 01:51h

Existe en la historiografía china un debate abierto sobre el posible impacto que pudo tener el coyuntural descenso en la recepción de plata procedente de las Indias españolas como factor desencadenante o coadyuvante en la caída de la dinastía Ming. La plata española había sido un importante factor para la mercantilización de su economía y la base de su sistema fiscal, con lo que su escasez, combinada con una serie de desastres naturales y con las revueltas campesinas interiores, habría favorecido la conquista de China por los manchúes de la dinastía Qing.

La plata era ya empleada en el siglo XV, antes de la llegada de los portugueses y españoles, en sustitución de un papel moneda cada vez más depreciado, especialmente en las provincias meridionales de China. El año 1436 los emperadores Ming dieron cobertura legal al metal argénteo, y desde mediados del siglo siguiente se ordenó que los tributos debían pagarse necesariamente en el mismo, a partir del sistema impositivo conocido como del latigazo único o i-t’iao pien fa.

En un primer momento, su circulación se circunscribió a las provincias de Quanzhou-Cantón- y Zhangzhou. A pesar de no existir moneda de este metal, la plata se utilizaba para el pago de las operaciones al por mayor, para los intercambios internacionales y para el pago de tasas. Cipolla afirmaba que los chinos estaban enamorados de los reales de a ocho, pero que una vez adquiridos no los ponían en circulación como moneda, sino que los fundían en lingotes o los cortaban. Para los pagos se procedía a cortar los lingotes o los reales de a ocho recibidos con unas cizallas en piezas del peso requerido.

El comercio con los españoles de Manila y con los portugueses de Goa y Malaca fue el que familiarizó a los chinos con la moneda que sería dominante en el comercio en las siguientes tres centurias. Con la concesión del permiso de establecimiento en Macao a los portugueses en 1557 y con la fundación de Manila en 1571 comenzó una época de activo comercio de los mercaderes chinos con los puertos bajo control ambos países ibéricos.

Para adquirir la plata española en Manila y la japonesa en Macao los comerciantes chinos se vieron obligados a vender seda, que estaba libre de impuestos directos, y cerámica, utilizada en realidad como lastre de sus juncos, para cubrir sus necesidades de numerario metálico. Los pesos españoles comenzaron a ser familiares en los puertos de Cantón, Ningbó y Amoy desde 1571, por su relación comercial con las Filipinas. Este comercio fue según Ollé un factor de canalización de un flujo comercial suficiente para que el Imperio Chino tomase medidas para la pacificación e integración en el sistema de las últimas redes de piratas y contrabandistas, organizadas en grandes flotas navales.

Los portugueses obtenían plata para su comercio con China de Japón, pero también en la propia Península Ibérica. Según Céspedes la primera y más importante vía de salida de plata hacia Oriente nacía en Lisboa, donde se combinaban su proximidad y fácil comunicación con Sevilla con ser el principal puerto de la naciente ruta comercial hacia las Indias Orientales. A ello contribuyó igualmente la unión de ambas Coronas en el reinado de Felipe II, con la que los mercaderes lusitanos extendieron sus negocios a los reinos de Castilla, tanto peninsulares como indianos.

Según Cipolla, en los siglos XVI y XVII las naos portuguesas transportaban a Macao de 6 a 30 toneladas de plata al año. También reproducía las palabras de Gomes Solis en su Arbitrio de la plata publicado en Londres en 1621, que afirmaba que “… la plata va peregrinando por todo el mundo para acabar finalmente en la China, y allí se queda como si fuera su lugar natural”, y las del almirante don Honorio de Bañuelos y Carrillo, que atestiguaba que el emperador de China podría construirse un palacio de plata con las barras que de este metal llegaban del Perú.

Fue durante la Guerra de los Ochenta Años, que enfrentó a España con las insurrectas Provincias Unidas, cuando los holandeses comenzaron a navegar hacia Oriente. Tras la Tregua de los Doce años y la reanudación de las hostilidades, el gobierno español decretó en 1621 el embargo general del comercio con Holanda, que duró hasta 1647. Los neerlandeses siguieron obteniendo metal argénteo por vías alternativas a través de Calais, Amberes, Hamburgo y Londres. También la conseguían con el comercio que con base en Bayona y San Juan de Luz, controlado por las comunidades sefardíes de estas poblaciones vascofrancesas, introducía en el norte de Castilla y Aragón especias y textiles a cambio de plata y lana. A pesar de ello, la totalidad del comercio holandés sufrió de escasez de numerario de plata.

Dado que la Corte china prefería comerciar con los españoles y portugueses, y las exportaciones de seda se realizaban hacia Macao y Filipinas, los holandeses llevaron a cabo una agresiva política en la que intentaron tomar Manila y Macao y asaltaron numerosos navíos chinos, obteniendo finalmente el permiso de establecerse en Formosa, donde en 1626 se establecieron también los españoles. Para los holandeses Japón era la principal alternativa para obtener plata al Imperio español, por lo que tras la expulsión de los comerciantes ibéricos los holandeses quedaron como únicos suministradores de este país, ventaja que se acrecentó con la prohibición del soghunado a los japoneses de abandonar el país, acabando con ello con el floreciente comercio nipón con China. La crisis monetaria global de los años 40 del siglo, que coincidió con la última fase de la cruenta Guerra de los Treinta Años en Europa, llevó a Japón a la prohibición de cualquier exportación de plata.

Las medidas tomadas por los monarcas españoles para evitar el contrabando de plata con Oriente desde las Indias, el cierre del comercio de Macao con Japón y la crisis del Galeón de Manila habían reducido de forma drástica el flujo de plata hacia el interior de China, produciendo deflación, acaparamiento y el incremento de la presión fiscal. A ello se sumaron una serie de desastres naturales que devastaron amplias regiones del imperio chino.

La conjunción simultánea de todos estos sucesos causaron un rápido y descontrolado aumento en el valor de la plata, por lo que para muchas provincias se hizo imposible pagar los impuestos que habían de satisfacerse en este metal. La cada vez más escasa plata fue atesorada, lo que produjo un descenso del precio del cobre, la verdadera moneda metálica china. Mientras que en los años 30 del siglo mil piezas de cobre equivalían a una onza de plata, diez años después se estimaban en menos de la mitad, y en 1643 en menos de un tercio.

Ello llevó a la ruina a los agricultores, que debían pagar sus tributos en plata mientras que sus ingresos eran recibidos en moneda de cobre. Junto a ello se sucedieron en el norte de China hambrunas debidas a las malas cosechas, producidas por un clima seco y frío en un fenómeno climático conocido como Pequeña Edad del Hielo, y en todo el país hubo graves inundaciones y epidemias que diezmaron su población. La rebelión estalló en Shanxi en 1627 y durante seis años se produjo una cruenta y larga guerra.

La conjunción de las sublevaciones interiores de campesinos hambrientos y de la presión de los manchúes en el norte hizo que en 1644 los nuevos emperadores Qing tomasen el control de Pekín. En algunas provincias como Yunnan, Shanxi o Nakín, así como en la isla de Formosa controlada por Koxinga, los partidarios de los Ming resistieron unos años más, hasta que Zhu Youlang, el último pretendiente Ming, fue ejecutado en 1662.

Thierry recogía el caso de tres ocultaciones descubiertas a principios de los años 70 del siglo XX en Fujian, compuestas de moneda macuquina batida antes de la llegada al poder de Felipe V, que se debieron producir por los ejemplares que las componen entre el periodo final de la época Ming y la llegada de la dinastía Manchú, entre los años 1644 y 1660, esta época convulsa que hemos estudiado. Porque, como afirmaba el contemporáneo monje agustino portugués Sebastiâo Manrique, los mercaderes chinos si fuese posible habrían descendido a los infiernos para fabricar nuevos objetos para vender, y así adquirir la codiciada plata y los reales de a ocho españoles.

Bibliografía

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