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La Mitología y la Moneda

La formación de Grecia

La formación de Grecia

Por José Alberto Jiménez Peris

miércoles 03 de diciembre de 2014, 02:09h

Inició con esta primera entrega una serie de artículos dedicados a la Mitología de la Grecia clásica en la moneda, partiendo de los orígenes de las luchas intestinas de los moradores del Olimpo, la creación de los seres humanos, su desarrollo, la creación de la Hélade y la consecución económica que lleva a la utilización de los recursos de metales preciosos en la consecución de la moneda.

Refiere Platón en su diálogo Protágoras, cómo éste pone en conocimiento de Sócrates los acontecimientos ocurridos en el principio de los tiempos. Comienza el narrador diciendo:

“Hubo una vez un tiempo en que existían los dioses, pero no había razas mortales. Cuando también a éstos les llegó el tiempo destinado de su nacimiento, los forjaron los dioses dentro de la tierra con una mezcla de tierra y fuego, y de las cosas que se mezclan a la tierra y el fuego…”

… y cuando estaban dispuestas para sacarlas a la luz, las deidades ordenaron a Prometeo y Epimeteo, hijos del Titán Jápeto, que distribuyeran adecuadamente facultades entre todas ellas. Epimeteo pidió a su hermano encargarse de la tarea y éste accedió a condición de supervisar el trabajo una vez finalizado.

Comenzó el reparto proporcionando a unas criaturas fuerza, pero no rapidez, a otras rapidez sin fuerza, a los pequeños de cuerpo alas para volar o escondrijos donde guarecerse, a unas les entregaba armas en forma de garras y a otras astucia para evadirse, a unas pieles gruesas para defenderse del frío y del calor y a otras plumas ligeras para poder volar y así sucesivamente teniendo siempre la precaución de que ninguna especie quedara indefensa.

Después suministró alimentos distintos según cada género y a ciertas especies les permitió alimentarse con la carne de otras. Ambas clases fueron facultadas para reproducirse, pero las especies devoradas contaron con una gran fecundidad para evitar su extinción.

Epimeteo, cuyo nivel intelectual no era muy elevado, utilizó todas las facultades en los animales dejando totalmente desprotegida y vulnerable a la especie humana.

Ante la inminencia de su aparición en la Tierra y la imposibilidad de encontrar un medio para que el género humano sobreviviera, Prometeo entró furtivamente en el taller donde Atenea desarrollaba sus artes agrícolas apoderándose de ellas y en la fragua de Hefesto haciéndose con el fuego. Consumada su acción, entregó el botín a los humanos con lo que éstos adquirieron los recursos necesarios para sobrevivir.

“Prometeo lleva el fuego a los hombres”, por Heinrich Friedrich Füger, Museo Liechtenstein. Viena

Al objeto de facilitar la convivencia, Zeus envió a Hermes para que distribuyera entre los hombres los dones del honor y la justicia con el mandato: “Al incapaz de participar del honor y de la justicia sea eliminado, como una enfermedad, de la ciudad''.

Sin embargo, esta especie de idilio no iba a durar. En cierta ocasión Prometeo sacrificó un gran buey y distribuyó su cuerpo en dos partes. Una de ellas estaba compuesta por la piel, la carne y las vísceras y en la otra se acumulaban los huesos recubiertos por una capa de grasa. Ofreció a Zeus elegir la porción que comerían los dioses y la deidad suprema prefirió la parte formada por los huesos y la grasa. Desde entonces, los humanos comían la carne de los sacrificios y quemaban los huesos como ofrenda a los dioses. Ni que decir tiene que el rey olímpico montó en cólera al descubrir la estratagema.

Zeus, en venganza por el engaño, despojó a la humanidad del fuego, pero Prometeo subió al Olimpo y tomándolo del carro de Helios se lo devolvió a los hombres.

El rey de los dioses se sintió ofendido por la sustracción y, para desquitarse de la humanidad, encargó a Hefesto que compusiese una figura femenina de arcilla a la que infundió vida y llamó Pandora enviándola a casa de Epimeteo, donde se hallaba una caja conteniendo todas las desgracias que podían acaecerle a los humanos y con las que el dios pretendía castigarlos. Hermes llevó a Pandora a casa de Epimeteo y éste se casó con ella. Tal como había previsto Zeus, la mujer, llena de curiosidad, abrió la caja y las adversidades en forma de hambre, peste, enfermedades, dolor, etc. se expandieron por el mundo. Cuando su marido quiso cerrar el cofre era tarde y sólo quedó en él la esperanza. Desde entonces los humanos dicen que la esperanza es lo último que se pierde.

“Pandora”, por James Gillray, National Portrait Gallery, Londres.

Tras ello, Zeus castigó también a Prometeo haciéndolo encadenar en el Cáucaso por Hefesto y enviando un águila gigantesca, procreada por los monstruos Tifón y Equidna, para que durante el día le devorara el hígado. Pero, como era inmortal, por la noche se le regeneraba y el ave volvía a devorarlo al día siguiente. El castigo debía ser eterno, pero, afortunadamente para él, fue liberado por Heracles disparando una flecha al águila a cambio de la información necesaria para obtener las manzanas del jardín de las Hespérides.

“Prometeo encadenado”, por Pedro Pablo Rubens. Museo del Prado, Madrid.

Pues bien, Prometeo tuvo un hijo llamado Deucalión, quien, junto a su esposa Pirra, eran considerados por los griegos como los padres de la humanidad, ya que, tras el Diluvio y por mandato de Gea (La Tierra), fueron arrojando piedras que se transformaban en hombres y mujeres según fueran depositadas por Deucalión o Pirra, respectivamente.


“Deucalión y Pirra”, por Pedro Pablo Rubens. Museo del Prado, Madrid.

El primogénito de esta pareja se llamó Helén y sus descendientes fueron los helenos. Entre ellos se encontraban Doro, Eolo, Ión y Aqueo, epónimos de dorios, eolios, jonios y aqueos que ocuparon toda Grecia a principios del segundo milenio a. C. asentándose en distintos territorios.

La población autóctona los llamaba barbaroi (los que no sabían hablar griego), sin embargo, estos pueblos introdujeron en Grecia un sistema de escritura lineal, mejoraron la agricultura construyendo canales de riego y explotaron las minas perforando galerías subterráneas. Para iluminar los túneles, se sujetaban antorchas en la cabeza dando origen al mito de los cíclopes, gigantes con un solo ojo, entre los que constituye paradigma el Polifemo que cegó Ulíses en la Odisea homérica.

“Polifemo y Ulíses”, por Jacob Jordanes. Museo Pushkin. Moscú.

El progreso acompañó la evolución de los invasores hasta llegar a la brillante civilización micénica desarrollada en el Peloponeso, que perduró desde el siglo XVII a. C. hasta el final de las hostilidades entre griegos e hititas hacia el siglo XII a. C.

Micenas. www.guiadegrecia.com

El conflicto bélico finalizaba con la destrucción de Troya que significó la desaparición para siempre del Imperio hitita, pero también la decadencia de Micenas, y la de Grecia en general, iniciándose una época oscura que duró varias centurias.

Ruinas de Troya.

Entre los siglos VIII y VI a. C. comenzó una recuperación política, económica y cultural gracias a la organización de ciudades-estados y a la creación de colonias, que permitió la intensificación del comercio y mostró la necesidad de agilizar los intercambios. Así comenzaron a utilizar la moneda siguiendo el ejemplo de Lidia.

Polis griegas.

Antes de ello, se empleaba como unidad de cuenta el talento. Ésta era una medida de peso, original de Mesopotamia, que equivalía a la masa de agua necesaria para llenar un ánfora. Tenía como fracciones la mina, el dracma y el óbolo. El talento, en el patrón ático, pesaba unos 26 kilos y tenía 60 minas. Cada mina se dividía en cien dracmas y el dracma contaba con seis óbolos. El talento y la mina utilizados fuera de la Hélade tenían pesos distintos e, incluso, en el patrón de la isla griega de Egina, el talento pesaba aproximadamente 38 kg.

Antigua ánfora griega. http://common.wikimedia.org/wiki

El óbolo era una barrita de metal sin pulir muy delgada y larga que se consideraba algo de escaso valor. Cabían seis óbolos en una mano, es decir, seis óbolos eran un puñado. Esta era la unidad de cuenta y la llamaban dracma.

Haz de seis óbolos hallado en el Templo de Hera en Argos. Puñado de seis óbolos al que llamaron dracma. Museo Numismático de Atenas.

Más tarde, dracma y óbolo fueron denominaciones de monedas. Una vez implantado el uso monetario, cada ciudad acuñó las suyas con diseño propio. Se cree que en la isla Egina, situada en las proximidades de Atenas, se batieron los primeros ejemplares griegos y desde allí se extendió rápidamente su utilización a las principales polis.

“La barca de Caronte, Sueño, Noche y Morfeo”, por Luca Giordano 1684-86 (Palacio Medici-Riccardi en Forencia).

Entre la población helena, existía la costumbre de enterrar a los difuntos con un óbolo bajo la lengua para que pagaran al barquero Caronte la travesía de la laguna Estigia y llegar al Hades (Inframundo). Aquellos que no podían “adquirir el pasaje” debían esperar cien años hasta que el barquero accediera a llevarlos gratis.

Bibliografía

Diccionario Larousse de la mitología griega

Diálogos de Platón. Protágoras. eBooket.com

Mitos y Leyendas. Philips Wilkinson. Editorial Alhambra.

Biblioteca mitológica. Apolodoro de Atenas. Alianza Editorial

José Alberto Jiménez Peris

http://historiadelasmonedas.wordpress.com/

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